La figura de Malinche en la historia de la traducción

A la hora de adentrarnos en la historia de la traducción, existen una serie de figuras sobresalientes que todas las personas interesadas en este ámbito habrán estudiado en algún momento, desde San Jerónimo hasta Jorge Luis Borges, pasando por el célebre Jean-François Champollion. No obstante, en la publicación de hoy vamos a hablar de una mujer que, si bien a muchos puede que les resulte desconocida, lo cierto es que su labor como traductora e intérprete resultó fundamental en uno de los episodios históricos más emocionantes: la conquista del Imperio azteca por los españoles.

El descubrimiento de América y los consiguientes procesos de conquista y colonización, además de constituir importantes hitos en la historia universal, supusieron un encuentro entre civilizaciones muy diferentes en el que la lengua tuvo una importancia crucial. Y es que, pese a su significada trascendencia, se ha hablado muy poco acerca de este episodio lingüístico.

Si bien es cierto que, durante los primeros encuentros, la comunicación con los ‘naturales’ o ‘amerindios’ se hizo a través de signos, pronto se planteó una importante disyuntiva: o los indígenas aprendían el castellano, o los colonizadores las lenguas aborígenes. En un primer momento, durante la etapa de la conquista, los españoles optaron por capturar a indígenas para que aprendieran el castellano, con el fin de que después pudieran desempeñar la función de intérpretes. Es en este contexto donde aparece la figura de Malinche. 

De origen azteca, su nombre indígena era Malintzin, que, mal pronunciado por los españoles, se transformó en Malinche. Al ser bautizada se le impuso el nombre de Marina. Por el relevante papel que desempeñó en la conquista de México como intérprete de los idiomas maya y azteca y como mediadora entre españoles e indígenas, al nombre cristiano se le antepuso el tratamiento de doña.

Fue entregada al ejército de Hernán Cortés por los caciques de Tabasco el 15 de marzo de 1519, tras la batalla de Centla, junto con otras diecinueve jóvenes indias, formando parte de un presente compuesto por piezas labradas en oro, ricas mantas bordadas y objetos suntuarios de plumería, con el que los tabasqueños sellaron su alianza de paz con los españoles tras la victoria de estos en la batalla. Después de bautizadas, Cortés repartió a las veinte indias entre sus capitanes, entregando a Malinche a Alonso Hernández de Puertocarrero. Más adelante, el bilingüismo de ésta, cuya lengua materna era la azteca, habiendo aprendido el maya durante su estancia en Tabasco, hizo que se convirtiera en instrumento indispensable para los conquistadores.

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Fue en 1519 cuando la intérprete pudo demostrar por vez primera sus competencias lingüísticas en Veracruz, durante el encuentro con los embajadores de Moctezuma. Ante la incapacidad de mediación de Jerónimo de Aguilar —quien solo hablaba maya, por haber sido secuestrado por los mayas del Yucatán y después liberado por Cortés—, Marina se atrevió a traducir las palabras de los emisarios mexicas del náhuatl al maya yucateco. Gracias a ello, Aguilar pudo traducir al español para Cortés.

Permaneció con Cortés durante toda la conquista, no solo como intérprete, sino también proporcionándole valiosas informaciones sobre el imperio azteca, sobre sus debilidades internas, su relación con los demás pueblos y etnias y el descontento de algunos señoríos indígenas por las imposiciones tributarias de los mexicas. Todas estas informaciones fueron las que hicieron posible los pactos de alianza de los españoles con las etnias que se oponían al gobierno autoritario de los aztecas y cuya colaboración resultó decisiva para el éxito de la conquista.

De igual modo, participó en tareas de evangelización, interpretando las pláticas de los sacerdotes, y estuvo presente en los combates librados contra los aztecas, en los que se encargaba de traducir las órdenes de los españoles a sus aliados indios.

No obstante, a pesar de estos datos, se podría decir que la figura de Malinche está envuelta en cierto misterio. Se sabe que mantuvo una relación amorosa con Hernán Cortés, fruto de la cual nacería un hijo mestizo, Martín, en el año de 1522. Sin embargo, posteriormente, por decisión del propio Cortés, contrajo matrimonio con un capitán veterano de su ejército, Juan Jaramillo, cuya boda tuvo lugar en 1525. Un año después, nació la hija de Malinche y Jaramillo, bautizada con el nombre de María. Malinche moriría poco tiempo después.

Visto esto, es interesante destacar aquí cómo algunos investigadores, en sus estudios revisionistas sobre la historia de la conquista, han puesto de relieve el papel fundamental que jugaron figuras como la de Malinche en el triunfo de los españoles en el Nuevo Mundo. Es el caso de la obra del historiador y antropólogo mexicano Federico Navarrete, quien, en su libro Malintzin, o la conquista como traducción (2021), sostiene que la labor traductora de Malintzin fue tanto o más importante para el éxito de la conquista, que las hazañas de armas de Hernán Cortés.

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Ciertamente, en el proceso de conquista de México, llevado a cabo entre 1519 y 1521, fue fundamental la ayuda de los grupos contrarios a los mexicas (un ejército conformado entre cien mil y doscientos mil mesoamericanos y menos de mil españoles). Por tanto, aunque tradicionalmente se han resaltado desde la historiografía de la conquista los aspectos ‘externos’ de la misma, como la superioridad técnica de los españoles sobre los indígenas o el propio carácter de los conquistadores, hoy en día se tiende a poner más el foco en los aspectos ‘internos’, considerados claves para entender la victoria española.

En este sentido, fue la actitud de Cortés de atacar la cúspide del poder, unida a las fuertes tensiones internas entre los propios grupos indígenas, así como las tradiciones culturales y religiosas que imperaban en aquel momento en el Imperio de los mexicas ―toda una serie de creencias apocalípticas que anunciaban el regreso de la deidad Quetzalcóatl― lo que hizo posible la rápida conquista.

Asimismo, es interesante observar la manera en la que traducía Malinche, cuyo método ha sido recogido en diversas crónicas. En base a las Cartas de relación de Cortés, se propone una innovadora “cadena de comunicación” entre el invasor, la intérprete y los gobernantes indígenas. El modelo se divide en ocho pasos (cuatro en español y cuatro en náhuatl). Según esta propuesta, Malintzin se ubicaba en el centro del proceso comunicativo, interpretando el requerimiento de Cortés y trasladado conceptos jurídicos y religiosos en sus equivalentes náhuatl, y viceversa. Esto permitió a la lengua así se denominaba a los que ejercían como intérpretes― controlar el proceso comunicativo, independientemente de los intereses de Cortés y los líderes indígenas.

Por todo esto, cabe concluir aquí con las palabras de Navarrete, quien afirma que la conquista de México fue “de palabras y negociaciones como de armas y batallas, una conquista hecha posible por la traducción”.

 

Carlos Sánchez Luis

 

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