El latín y el celta: un posible parentesco

Cuando hablamos del latín, resulta sencillo hacer una breve caracterización general sobre esta lengua, sobre todo si se tiene en cuenta que es el tronco común de donde proceden todas las lenguas romances. El latín es una lengua indoeuropea que pertenece a la rama de las lenguas itálicas. Era hablada originalmente en la región del Lacio (alrededor de la ciudad de Roma) y fue la lengua de la antigua civilización romana, convirtiéndose en el vínculo cultural de buena parte de la región mediterránea. A medida que el Imperio Romano se expandió, el latín se escindió en dos formas principales: por un lado, el latín que conocemos como ‘clásico’, la lengua formal empleada en la administración y en la producción literaria; y, por otro, el latín ‘vulgar’, que era la forma de la lengua hablada por las clases bajas y que con el tiempo derivaría en las distintas lenguas romances (español, italiano, francés, portugués, rumano, etc.).

Sin embargo, lo que mucha gente no sabe es que el latín, durante la mayor parte de su existencia, convivió con otro grupo lingüístico que pudo influir, no solo en el desarrollo de la propia lengua latina, sino también en de las futuras lenguas romances. Ciertamente, nos estamos refiriendo al céltico.

 ¿Quiénes son los celtas?

El celta se refiere a un conjunto de lenguas indoeuropeas que fueron habladas por los pueblos celtas, que habitaban diversas áreas de Europa en la Antigüedad, desde las Islas Británicas hasta el norte de la península Ibérica, y desde las regiones del norte de Italia hasta las zonas occidentales de Turquía. Su origen es incierto, aunque se cree que parte de los habitantes de esta familia lingüística pudieron proceder de Anatolia o de las estepas entre el mar Negro y el mar Caspio, extendiéndose desde allí a Europa occidental.

La subdivisión geográfica de estos pueblos ha llevado a algunos estudiosos a clasificar las lenguas célticas en dos grupos diferenciados: las lenguas célticas continentales, entre las que destacarían el celtibérico y el galo, y las lenguas célticas insulares, que incluirían, entre otras, el bretón, el gaélico o el irlandés.

El término celta (keltoi) es de origen griego, y estos pudieron haberlo tomado a raíz de su contacto con los íberos en la península Ibérica. Dicho término resultó después latinizado como celtae, para dar origen al actual celtas. La raíz griega de esta palabra se relaciona con un pueblo de luchadores. No obstante, probablemente los celtas se llamaran a sí mismos *gal-, es decir, galos.

Estos pueblos celtas compartían una serie de características comunes: se organizaban en tribus, disponían de una clase sacerdotal de gran importancia (los famosos druidas), practicaban el politeísmo (destacando especialmente el culto a la naturaleza) y eran un pueblo guerrero.

celtas y romanos

Romanos y celtas: una rivalidad enraizada

La relación entre romanos y celtas fue compleja y estuvo marcada por varias fases de interacción, desde la conquista hasta la asimilación cultural y la resistencia.

Antes de la expansión romana, los celtas ya habitaban una gran parte de Europa, especialmente lo que hoy es Francia (conocida como la Galia), las Islas Británicas, la península Ibérica, y partes de Europa central y del Este. Los romanos tuvieron contacto con los celtas principalmente a través de las primeras incursiones militares y comerciales.

Los romanos comenzaron a invadir territorios celtas a medida que expandían su imperio. Algunas de las principales etapas fueron la conquista de la Galia (58-50 a. C.), bajo el liderazgo de Julio César, donde destacó la resistencia feroz del caudillo galo Vercingétorix; la conquista de las Islas Británicas, iniciada en el 43 d. C bajo el emperador Claudio, o la lucha contra los pueblos celtibéricos de Hispania, a finales del siglo I a. C. y comienzos del I d. C.

Tras la conquista, los celtas comenzaron a asimilarse gradualmente a la cultura romana. Esto incluía la adopción de la lengua latina, la organización política romana, las costumbres, la religión y las infraestructuras (como caminos y ciudades). 

La teoría de las lenguas ítalo-celtas

El grupo lingüístico ítalo-celta constituye una hipotética familia lingüística que incluye las lenguas itálicas y las lenguas celtas sobre la base de características compartidas por estas dos ramas. Uno de los principales defensores de esta teoría fue el lingüista francés Antoine Millet (1866-1936), quien sostenía que el grupo de lenguas ítalo-celtas había sido la tercera rama en separarse del tronco común indoeuropeo, después del anatolio y el tocario. Ello explicaría por qué tanto el itálico como el celta son dos de los grupos lingüísticos más conservadores entre las lengas indoeuropeas.

Esta teoría, por tanto, se fundamenta en la existencia de una serie de rasgos lingüísticos compartidos entre itálico y celta, entre los que destacan:

  • La asimilación *p > *kʷ. Ej.: del protoindoeuropeo *penque, da en latín quinque (cinco), y en irlandés cu
  • El genitivo singular temático en -i, del tipo dominus, -i, se da tanto en itálico como en céltico.
  • El subjuntivo en -a, del tipo habeas corpus, que no se conoce en otras lenguas indoeuropeas, también se da tanto en latín como en céltico.
  • La forma de pasiva en -r, del tipo amaris, se conserva en ambos grupos lingüísticos.

Sin embargo, la tesis de la unidad ítalo-celta ha sido bastante discutida en los últimos años; pues, si bien es cierto que estos rasgos comunes existen, algunos estudiosos arguyen que pudieron haberse originado debido a los amplios períodos de comunidad y vecindad establecidos entre ambos pueblos. Asimismo, la existencia de numerosas excepciones a la norma también ponen en entredicho esta teoría (por ejemplo, ni en celtibérico ni en osco-umbro se da el genitivo singular en -i).

texto celta

La lenición celta

Otro de los rasgos más interesantes de la lengua celta, por su posible influencia en las lenguas románicas, es el fenómeno de la lenición.

La lenición es un fenómeno lingüístico que consiste en el debilitamiento o suavización de ciertos sonidos en una palabra, generalmente en consonantes, cuando se encuentran en determinados contextos fonológicos. Este debilitamiento puede derivar en la sonorización de una consonante sorda, en la fricativización de una oclusiva o en la desaparición de un fonema ya débil de por sí.

Pues bien, según la hipótesis del lingüista francés André Martinet (1908-1999), las regiones de la Romanía (es decir, donde se había extendido el latín) que habían tenido un mayor contacto con el celta, habrían experimentado este proceso de lenición en mayor grado durante su evolución al romance.

En este sentido, el impacto de la lenición fue particularmente notable en las lenguas del noroeste de la península ibérica, como el gallegoportugués o el asturleonés, zonas donde la presencia celta fue mucho mayor.

Pongamos un ejemplo: el término latino paullum evoluciona al castellano palo, sufriendo el fenómeno de desaparición de la geminada (ll > l). Sin embargo, en gallego da pau, lo que nos indica que este proceso de debilitamiento se ha dado con más fuerza, hasta el punto de que la consonante ha desparecido. Esto podría deberse, por tanto, al fenómeno de la lenición celta.

En definitiva, el problema de la unidad lingüística ítalo-celta es, en última instancia, un debate sobre cómo clasificar y entender las lenguas de los antiguos pueblos indoeuropeos de Europa. Aunque no hay consenso sobre una unidad lingüística entre las lenguas itálicas y celtas, el contacto cultural y lingüístico entre estos grupos sigue siendo un tema fascinante para los estudiosos de la historia de las lenguas europeas. Lo que está claro es que, pese a la escasa atención que ha recibido el estudio del céltico en comparación con otras lenguas indoeuropeas, es evidente que su influencia fue determinante en la evolución no solo del latín, sino también de algunas lenguas romances.

Carlos Sánchez Luis

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