El idioma sefardí o judeoespañol

El término sefardí hace referencia a los judíos originarios de Sefarad, el nombre hebreo para la península ibérica (actual España y Portugal). Los sefardíes son los descendientes de los judíos que vivieron en la península ibérica hasta su expulsión en 1492 por los Reyes Católicos en España, y en 1497 en Portugal. Tras la expulsión, muchos sefardíes se dispersaron por diferentes regiones del mundo, especialmente en el Imperio otomano, el norte de África, y otras partes de Europa e Hispanoamérica. Actualmente, el término también se usa para referirse a los descendientes de esos judíos expulsados, independientemente de dónde vivan hoy en día.  

El idioma hablado por estas comunidades hebreas es conocido como sefardí, ladino o judeoespañol, y hunde sus raíces en el español medieval hablado en la península ibérica antes de la expulsión. Sin embargo, tras la dispersión de los sefardíes, el idioma se fue adaptando a las distintas regiones donde se asentaron, conservando muchas características del español antiguo, aunque con influencias de lenguas como el turco, el griego, el hebreo o el árabe. 

Historia de una diáspora: origen y apogeo de la lengua sefardí  

Como es de suponer, lo que hoy conocemos como sefardí no ha sido una realidad monolítica a lo largo de sus más de cinco siglos de historia, teniendo además en cuenta el vasto territorio sobre el que se extendió. A su conformación y evolución han contribuido numerosos hechos que, si bien poco o nada tienen que ver con la lengua, han determinado enormemente su desarrollo.  

Para entender la formación y el desarrollo del judeoespañol desde el momento de la expulsión en 1492 hasta nuestros días, cabe recordar una serie de hechos relevantes. En primer lugar que, de acuerdo con el sistema político y administrativo del Imperio otomano —el destino preferente para muchos de los judíos expulsados—, los sefardíes pudieron mantener sus costumbres y cultura, incluida la lengua romance traída de la Península, lo que determinará que, lejos de abandonarse tras la expulsión, esta acabe por convertirse en su seña de identidad en tanto que judíos.  

Asimismo, dada su doble condición de no-cristianos y occidentales, fueron especialmente acogidos por las autoridades otomanas, frente a otras minorías otomanas cristianas como los griegos o los armenios, cuyo trato fue siempre más discriminatorio. De hecho, fueron los sefardíes quienes llevaron la imprenta al Imperio otomano y quienes mantuvieron su monopolio hasta comienzos del siglo XVIII.  

Ese alto nivel cultural fue acrecentado en los siglos XVI y XVII con la llegada de los conversos portugueses, y determinó tanto esas buenas relaciones con la corte otomana, como el hecho de que otros judíos que vivían bajo el amparo del sultán se asimilaran en muchos casos lingüística y culturalmente a los sefardíes. En este sentido, asistimos a un proceso de koineización —entendido como un proceso de asimilación lingüística a una lengua vehicular y culturalmente hegemónicade las comunidades hebreas del Imperio otomano sobre una base netamente castellana, lo que dio lugar al sefardí.  

El apogeo del judeoespañol clásico, al que los rabinos de las primeras décadas del siglo XVIII decidieron verter su producción literaria por haberse vuelto inaccesible en hebreo, se extendió durante más o menos siglo y medio. En esta época la lengua ya posee características propias que lo identifican como un idioma independiente.  

Declive del sefardí  

Desde mediados del siglo XIX asistimos a un progresivo declive de la lengua sefardí, proceso condicionado nuevamente por hechos de carácter extralingüístico.  

Por una parte, las políticas modernizadoras del llamado Tanzimat (1839-1876) en el Imperio otomano cambiaron el estatus de los judíos, que pasaron de ser una minoría protegida a convertirse en súbditos a todos los efectos. Asimismo, la progresiva desmembración del propio Imperio y el surgimiento de los diferentes estados balcánicos, supondrá la obligatoriedad de estudiar la lengua nacional de estos.   

Por otra, la implantación de distintas redes de escuelas judías de corte moderno y occidental, desencadenó un profundo cambio de mentalidades en las tradicionales comunidades sefardíes de Oriente. La apertura de los sefardíes a la cultura europea traerá la adopción de nuevos géneros literarios y vendrá acompañada de una fuerte influencia del francés.  

A ello se añadía, además, la polémica sobre cuál debía ser la lengua que había de aprender los sefardíes: si el turco o alguna las distintas lenguas nacionales de los estados donde vivían; si el hebreo, como lengua del pueblo judío, o aun si el propio español moderno.  

Finalmente, en el siglo XX, tanto la continua corriente migratoria (principalmente hacia Estados Unidos o Israel) desde las antiguas zonas de residencia, como el golpe de gracia que supuso el exterminio de millares de sefardíes durante la ocupación nazi de los Balcanes y Grecia en la Segunda Guerra Mundial, determinaron una drástica disminución del número de hablantes de sefardí y su consiguiente declive.

El sefardí: ¿una lengua hebraica o una variante del español? 

El sefardí es una lengua de base medieval, a la que se han sumado un conglomerado lingüístico de expresiones y palabras de las ciudades y dialectos de España, así como de los múltiples países y ciudades donde los sefardíes se establecieron después de la expulsión, en especial en la cuenca mediterránea. 

Desde una perspectiva histórica, cuando el judeoespañol era una lengua completa y no se encontraba en ninguna situación de subordinación con respecto a la lengua común, los sefardófonos se consideraban hablantes de español con toda naturalidad.  

El sentimiento de pertenencia lingüística ha cambiado precisamente desde el momento en que el judeoespañol entró en contacto con el español estandarizado. En el transcurso de los últimos cien años, estos contactos se han multiplicado, y el judeoespañol ha sufrido una intensiva ‘rehispanización’. Sin embargo, a pesar de numerosos indicios de la pérdida de autonomía lingüística, en la actualidad los sefardófonos prefieren el glotónimo ‘ladino’, y se esfuerzan en destacar la entidad propia de su lengua. 

En este sentido, es llamativo que en la actualidad suelen hablar de lengua sefardí justamente los estudiosos que defienden de manera explícita su inclusión en el ámbito de los estudios hispánicos, mientras que aquellos que se esfuerzan en destacar la entidad propia del judeoespañol prefieren llamar ladino. 

Rasgos lingüísticos del sefardí 

El judeoespañol es más cercano fonológicamente al español medieval que al español moderno. De hecho, en buena medida retiene las fricativas sonoras y las sibilantes del español medieval, que en la península ibérica y América experimentaron una intensa reestructuración entre mediados del siglo XVI y el siglo XVII. 

Este carácter arcaizante se extrapola también al plano léxico, con la conservación de muchas palabras del español medieval, y gramatical, pues las estructuras morfosintácticas del ladino se rigen también en buena medida por las del castellano del Medioevo.  

En lo que respecta a la ortografía, el ladino tradicionalmente se escribía con caracteres hebreos, pero en la actualidad se utiliza comúnmente el alfabeto latino, especialmente en Turquía. El uso de los caracteres turcos resulta en la mayoría de los casos muy útil y práctico, ya que se obtienen escritos precisos que se leen tal y como se escriben. Es el caso de la grafía ç, que fonológicamente se identifica con la ch española (sonido [ʧ]): múnço (en castellano: ‘mucho’).  

Para terminar esta publicación, dejamos a continuación un pequeño refrán escrito en sefardí: 

Amistad no provada  no es amistad ni es nada 

Kuchiyo ke no korta  i amigo ke no empresta – 

                                         si se piedren poko importa 

Amigos en oras de apreto se konosen 

Amigos para alegrias i mufinas 

Amigo de todos i de dinguno, todo es uno 

No ay mijor espejo ke un amigo viejo 

 

Carlos Sánchez Luis 

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