El latín como lengua indoeuropea: las lenguas de Italia

Como es bien sabido, el latín, la lengua de la civilización romana, pertenece a la familia de las lenguas indoeuropeas, cuyo origen se remonta unos 4000 años atrás. La arqueología ha situado el origen de las primeras comunidades indoeuropeas en el área que abarca las estepas del sur de Ucrania, al norte del Cáucaso.

Desde este centro neurálgico, la lengua indoeuropea se habría expandido por diversos puntos del continente euroasiático, escindiéndose en diferentes ramas: anatolia, indo-irania, helénica, itálica, céltica, germánica, eslava, etc.

El latín, por tanto, pertenece al grupo de las llamadas lenguas itálicas.

Italia: mosaico de lenguas indoeuropeas y no indoeuropeas

La península itálica del primer milenio a. C. no es un territorio homogéneo desde el punto de vista lingüístico, por lo que no podemos hablar del ‘itálico’ como del griego o el germánico. La Italia primitiva es un verdadero crisol de pueblos y culturas de las que nos han llegado vestigios a través de los restos arqueológicos, entre ellos, las inscripciones epigráficas. Gracias a la epigrafía, sabemos que el alfabeto se introdujo en Italia en torno a los siglos VII y V a. C.

Sin embargo, de entre las lenguas que convivieron en la península itálica durante el primer milenio, no todas pertenecían a la familia indoeuropea, sino que algunas de ellas no pueden adscribirse a este grupo, y, por tanto, su origen se nos muestra ambiguo o desconocido.

Lenguas no indoeuropeas de Italia: el etrusco

El etrusco es la lengua de Etruria o Tuscia, área correspondiente a la actual región de Toscana. Se trata de la lengua mejor testimoniada en la Italia primitiva después del latín y del griego, y esto se debe en buena parte a la importancia política que ostentó la civilización etrusca en los orígenes de Roma (sobre todo en el siglo VI a. C.).

A este respecto, es importante recordar que, antes de la instauración de la República, los tres últimos reyes de Roma fueron etruscos: Tarquinio Prisco, Servio Tulio y Tarquinio el Soberbio.

Contamos con más de 10.000 inscripciones, de entre las que destaca el Liber Linteus por ser el texto más largo conocido en lengua etrusca. El documento ha sido datado alrededor del siglo I a. C.

Podemos transcribir con relativa facilidad los sonidos del etrusco, pero no hemos logrado descifrarlo. Su origen es muy discutido, pero algunos especialistas hablan del etrusco como una lengua originaria de Asia Menor que se habría asentado en Italia antes de la llegada del indoeuropeo.

Además del etrusco, existen otras lenguas de origen no indoeuropeo en la Italia primitiva, como el rético (en la región alpina), el púnico (lengua ligada a la posterior expansión de Cartago en la península itálica), el picénico septentrional (con un alfabeto derivado del etrusco), el ligur, el silano o el élimo.

Lenguas indoeuropeas de Italia

Una de las lenguas más importantes de la Italia primitiva fue el griego, vinculado sobre todo al territorio de la Magna Grecia, nombre dado en la Antigüedad clásica al territorio ocupado por los colonos griegos en el sur de la península itálica y en Sicilia.

El sur de Italia, por tanto, se va a consolidar como un foco de helenización constante durante todo la historia de Roma, pues el proceso de colonización griega en esta zona fue muy estable.

Por otra parte, las lenguas osco-umbras o sabélicas son un subgrupo de las lenguas itálicas que se desarrolló desde mediados del primer milenio a. C. El osco era la lengua de los samnitas, asentados en la región de Campania, mientras que el umbro se hablaba en la región de Umbría, en la zona central de Italia. Ambas lenguas fueron absorbidas por el latín, que acabaría adoptando algunos de sus rasgos.

El falisco, lengua hablada en la antigua región de la Tuscia meridional, es la lengua itálica más cercana al latín; de hecho, en ocasiones se habla del subgrupo de lenguas latino-faliscas. El centro neurálgico de los faliscos se encontraba en la ciudad de Falerii.

Finalmente, el latín tiene su origen en la región del Lacio, en el centro de Italia. Tenemos constancia de cierta dialectización de la lengua latina primitiva en las regiones de Tusculum, Satricum y Praeneste (actual Palestrina). Es más, el primer testimonio escrito del latín antiguo está escrito en dialecto prenestino y se asocia a la llamada Fíbula prenestina, fíbula de oro con una inscripción que data del siglo VII a. C.

La frase, escrita de derecha a izquierda, como es habitual en las inscripciones latinas arcaicas, dice lo siguiente:

MANIOS MED FHEFHAKED NVMASIOI

/*mánios mēd féfaked numásioi/

La transliteración en latín clásico sería: MANIUS ME FECIT NUMERIO, que en castellano se podría traducir como “Manio me hizo para Numerio”.

El latín se acabaría imponiendo progresivamente sobre otras lenguas en el territorio circundante al Lacio. Con el paso del tiempo, se expandiría también por toda Italia central, por toda la península itálica, y, finalmente, por toda la cuenca mediterránea.

La expansión del latín no estuvo determinada por motivos lingüísticos (es decir, que fuera por naturaleza una lengua más apta que las demás o con una mayor capacidad de adaptación y supervivencia), sino que está ligada exclusivamente a la hegemonía política y militar de Roma.

Por tanto, solo a través de la enorme expansión que experimentó la civilización romana, se explica que una lengua originada en un remoto rincón del Lacio llegara a convertirse en la lengua madre de buena parte de los idiomas europeos actuales, especialmente en la región mediterránea.

Carlos Sánchez Luis

 

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