Sincronía y diacronía. Teorías sobre el cambio lingüístico

En lingüística, existen dos puntos de vista diferentes (si bien complementarios) que podemos tomar como referencia a la hora de analizar los hechos de la lengua: el sincrónico y el diacrónico. La sincronía define el estudio de la lengua en un momento determinado, sin inclusión del factor tiempo, mientras que a la diacronía corresponde el estudio de los hechos lingüísticos a través del tiempo, es decir, en un desarrollo histórico. Ambos conceptos fueron desarrollados por el lingüista y filósofo suizo Ferdinand de Saussure (1857-1913), conocido como el padre de la “lingüística estructural.

El enfoque sincrónico

A la hora de hablar de la sincronía, hemos de tener en cuenta que se trata de una abstracción, pues parte de la consideración de la lengua como algo estable, constante y estático, como si de una foto fija se tratara. Sin embargo, como es bien sabido por todos, la lengua en realidad siempre tiene variantes de diversa naturaleza (es un “organismo vivo”).

A la sincronía le corresponde la disciplina de la gramática, la descripción de un sistema de una lengua (esto es, la fonología, la morfología, la sintaxis, la semántica, etc.) en un momento determinado. A la hora de enfrentarnos al aprendizaje de una lengua nueva, nuestra aproximación se desarrolla desde un punto de vista sincrónico.

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El enfoque diacrónico

A la diacronía, en tanto disciplina que tiene en cuenta el factor tiempo, le corresponde la gramática histórica o la historia de la lengua, por lo que requiere de los estudiantes un nivel más avanzado de la lengua en cuestión.

En líneas generales, la diacronía supone una comparación de estados de lengua sincrónicos teniendo en cuenta su evolución a lo largo del tiempo, por ejemplo: Estado 1-Latín vulgar > Estado 2-Romance temprano > Estado 3-Castellano medieval > Estado 4- Castellano del Siglo de Oro, etc.

Luego, cada estado podría ser objeto de un estudio sincrónico aislado, pero es a través de su comparación evolutiva donde surge el enfoque diacrónico. A menudo, la división entre estados es algo convencional, pues el cambio lingüístico se produce de manera gradual.

El problema del cambio lingüístico

La diacronía o la historia de la lengua implica un cambio lingüístico entre dos o más estados; por tanto, cabe hacerse la pregunta de por qué las lenguas cambian, es decir, qué motivaciones llevan a que las lenguas evolucionen a lo largo del tiempo. A este respecto, desde el campo de la lingüística se han planteado una serie de teorías de diversa índole.

La teoría del sustrato

Cuando se expande una lengua (como en el caso de la extensión del latín, vinculada a la expansión del Imperio romano), esta es adoptada por hablantes nativos de otra lenguas (por ejemplo, la población indígena de la península ibérica prerromana). A este respecto, la teoría del sustrato se fundamenta en el hecho de que algunos cambios se producen por la influencia de la lengua previa nativa de los hablantes.

La lengua nativa es el sustrato, y la lengua invasora el superestrato. Así pues, la lengua sustrato puede acabar modificando la lengua superestrato, en ocasiones tras un período de bilingüismo por parte de los hablantes nativos.

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La tendencia interna de las lenguas

Esta teoría aduce que las lenguas ya presentan de por sí una tendencia interna de cambio en un determinado sentido. Es el caso, por ejemplo, de la evolución del latín a las lenguas romances: el latín presentaría una tendencia interna al abandono de casos en favor de preposiciones.

El principal problema de esta teoría es que la cantidad de fenómenos analizables desde esta perspectiva es limitada.

La tendencia del cambio generacional

Dicha teoría parte de un postulado bastante simple: un hablante no reproduce la lengua aprendida de manera idéntica a sus padres, sino que cada hablante o grupo de hablantes generan una lengua parcialmente distinta a la anterior. Algunos de los cambios producidos se estabilizan, se expanden y se acaban adoptando.

Los cambios, en origen imperceptibles por ser muy pequeños, son perceptibles en la comparación entre dos estratos ya suficientemente diferenciados.

La noción de generación es, en todo caso, arbitraria. En sí misma, la teoría no explica la motivación del cambio lingüístico, sino que describe uno de los procesos de expansión del cambio.

La tendencia al mínimo esfuerzo

Parte de la asunción de una tendencia en las lenguas a simplificar las secuencias más complejas en favor de las secuencias simples. Por ejemplo: septem (lat.) > siete (cast.) → sustitución del grupo consonántico pt por t.

El problema surge al definir qué es simple y qué es complejo, pues mientras que los sonidos ja [x] o ce [θ] son simples, a priori, para un hispanohablante peninsular, resultan complejos para un anglosajón; de igual modo, la aspiración [h], que resulta simple para un anglosajón, es compleja para un hispanohablante.

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La analogía: tendencia a la regularidad

El hablante deduce la existencia de una regla general abstracta; por ejemplo, el pretérito perfecto simple en castellano presenta las siguientes formas para la 1ª conjugación: raíz + -é, -aste, -ó, -amos, -asteis, -aron.

Luego, cabe la posibilidad de que el hablante aplique la regla general abstracta a nuevos casos, en origen ajenos a la norma:

  • ***andé en lugar de “anduve”
  • ***amastes en lugar de “amaste”

La analogía es un fenómeno capital en toda lengua, pero no es una ley fija.

La tendencia a la economía de la expresión

Existe una tendencia a emplear las expresiones más económicas posibles, lo mínimo y lo indispensable para la comprensión del mensaje. Por ejemplo, en el paso del latín al romance, se han conservado sobre todo las sílabas acentuadas y las pertenecientes a la raíz: manducare (lat.) > mandcare > manger (fr.), maniare (it.).  

Como en casos anteriores, la tendencia es visible, pero no explica el cambio de forma general (asimismo, la noción de simple o económico es discutible).

 

En suma, observamos cómo la mayoría de estas motivaciones no explican por qué se produce el cambio, sino que describe el cambio mismo, la vía por la que se produce o las condiciones en las que se da.

El cambio, por tanto, se puede dar por razones estilísticas (expresividad), culturales (nuevas realidades que se designan), sociológicas (identificación con grupos sociales determinados, modas…) o puramente gramaticales (como en el caso de la analogía).

 

Carlos Sánchez Luis

 

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