El origen de la ‘ñ’

En el anterior artículo, hablábamos sobre el origen y la historia del alfabeto latino, incidiendo en aquellos aspectos más significativos que fueron determinantes en la configuración del abecedario tal y como lo conocemos actualmente. Pues bien, en la publicación de hoy, vamos a centrarnos en una grafía concreta de nuestro alfabeto, la letra eñe (ñ).

En el año 2007, el gobierno español anunciaba con orgullo que, finalmente, los dominios de Internet en español (.es) podrían incluir la letra ñ, así como otros caracteres propios de las restantes lenguas oficiales de España (caso de la ç catalana).

Sin embargo, el reconocimiento de la eñe no ha sido una tarea fácil; de hecho, en la década de los 90, esta letra corrió el riesgo de desaparecer. La Unión Europea, en un arrebato de arrogancia y desprecio cultural, estuvo a punto de conseguir que los fabricantes de ordenadores eliminasen la ñ de los teclados (arguyendo una intención homogeneizadora). Pero no lo consiguieron.

En la lucha incansable por la reivindicación de la ñ, se han visto implicados personajes de la talla de Gabriel García Márquez, quien fuera galardonado con el premio Nobel de Literatura en el año 1982. “La eñe”, decía Márquez, “es un salto cultural de una lengua romance que dio una lección al resto al expresar con una sola letra un sonido que en francés, italiano o portugués, sigue expresándose con dos”.

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Aspectos fonéticos: el sonido de la ñ

La letra ñ representa el sonido de un fonema nasal palatal /ɲ/, que procede de la evolución por influjo de la yod. Pero, ¿qué es la yod? Pues bien, lo primero que hay que aclarar es que, originariamente, en latín no existía el sonido nasal palatal como fonema. Sin embargo, con el paso del tiempo, la e y la i breves latinas, átonas, se convirtieron en semiconsonantes, dando lugar a una multitud de alteraciones fonéticas en el sistema fonológico latino. A este proceso de cambio se le conoce como palatalización, y una de sus principales consecuencias fue la aparición de la yod.

Como nos explica el filólogo y académico Rafael Lapesa en su obra Historia de la lengua española: “La yod, fundiéndose con la consonante que precedía, la palatalizó: muliere > mujer; vinia > viña… Así nacieron los fonemas palatales representados con ll y ñ en nuestra ortografía actual, desconocidos en el latín clásico y característicos de las lenguas románicas”. 

El origen de la peculiaridad

Hecho este pequeño apunte fonético, pasamos a hablar ahora del origen de la ñ en tanto grafía. Así pues, la letra eñe existe como signo gráfico propio del idioma español mucho antes de que se inventara la imprenta: hemos de remontarnos a la Edad Media para encontrar la primera notación de la eñe.

Como ya hemos podido comentar, tanto el sonido palatal como la letra eñe son creaciones propias de las lenguas romances, pues no existían ni en griego ni en latín. Solo se contaba con la N, que se reforzó con la I, la Y, la G u otra N para la representación de dicho fonema. Así, durante el período medieval —momento en el que se consolidaron y extendieron por Europa las distintas lenguas románicas—, la evolución de los grupos gn, nn o ni representaron a la nasal palatal.

Por su parte, en las áreas de la península ibérica bajo dominación cristiana, ya existían desde el siglo X grafías indicadoras de este fenómeno de palatalización. Sin embargo, el castellano prefirió hacer uso del grupo nn para representar la consonante palatal.

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El nacimiento de la letra ñ

Sin embargo, dado que los copistas tendían a recurrir a numerosas abreviaturas para, por un lado, amenizar su tarea, y, por otro, ahorrar espacio (pues el material del que estaban hechos los códices era bastante costoso), el grupo nn empezó a representarse con la virgulilla, un signo ortográfico que se asemeja a una pequeña tilde ondulada (~) y se encuentra en la parte superior de una letra. Y así es como nació la ñ en castellano, fruto de una simplificación de las formas duplicadas nn. Se trató, sin duda, de una solución enormemente eficaz: un único signo gráfico para un único fonema.  

La labor de Alfonso X el Sabio durante el siglo XIII fue fundamental para seleccionar y fijar la eñe como una grafía especial para representar el sonido palatal nasal. Pero no fue hasta el año 1492, con la publicación de la primera Gramática castellana por Antonio de Nebrija, cuando se reconoció oficialmente el estatus de la ñ y de su sonido diferenciado respecto de la letra n, sirviendo así de modelo para la escritura del momento. Así describía Nebrija a la letra eñe en su célebre obra:

“La n esso mesmo tiene dos oficios: uno proprio, cuando la ponemos sencilla, cual suena en las primeras letras destas diciones: nave, nombre; otro ageno, cuando la ponemos doblada o con una tilde encima, como suena en las primeras letras destas diciones: ñudo, ñublado, o en las siguientes destas: año, señor”.  

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Soluciones alternativas a la ñ

A diferencia del español, que desde su proceso formativo en el período romance siempre dio muestras de originalidad en sus soluciones evolutivas, otras lenguas mantuvieron los dígrafos medievales para la representación gráfica del mismo sonido palatal nasal.

Es el caso de lenguas como el arcaizante francés, que aún hoy representa dicho sonido con el grupo gn (mignón), el portugués, que lo hace con nh (Minho) o el catalán, que recurre a los dígrafos ny (any).

 

Si se perdiera la letra más característica del idioma español, los españoles no podrían referirse a sí mismos como españoles, pero también es la letra que nos permite soñar, añorar, acompañar o pensar en el mañana, la letra de los niños, los empeños y los años.  

La eñe es, ante todo, una letra emblemática, pues representa la aportación de la lengua española al alfabeto latino, como así lo reconoce, por ejemplo, el símbolo identificativo del Instituto Cervantes, entidad responsable de la difusión del español en el mundo.

 

Carlos Sánchez Luis

 

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