Modelos del cambio lingüístico

Desde el campo de la lingüística histórica o lingüística diacrónica, se han propuesto una serie de modelos o teorías para explicar el campo lingüístico, un fenómeno complejo que trata de definir, bajo parámetros generales, el proceso de modificación y transformación que experimentan todas las lenguas. Se trata, en definitiva, de establecer unos principios universales que expliquen por qué las lenguas cambian con el paso del tiempo siguiendo un patrón común.

A diferencia de lo que comúnmente se conoce como ‘variación lingüística’, donde el foco de atención se pone en aspectos sincrónicos, los modelos del cambio lingüístico se centran en las modificaciones diacrónicas, es decir, aquellas que se producen teniendo en cuenta el factor tiempo.  

Teoría del árbol genealógico

En los años centrales del siglo XIX, el lingüista germano August Schleicher propuso un sistema de clasificación de los idiomas semejante a la taxonomía botánica, trazando grupos de lenguas vinculadas entre sí y clasificándolas en un árbol genealógico.

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En este sentido, el modelo denominado Stammbaumtheorie partía de la consideración de la historia de la lengua como un árbol: existe una protolengua (que representa el tronco), y de esta se van ramificando los distintos grupos de lenguas, que pueden ser familias completas (lenguas eslavas, germánicas, indoiranias), o lenguas individuales (griego).

Este es el modelo clásico de difusión de la lengua, que tuvo un mayor desarrollo en el estudio de las lenguas indoeuropeas. A modo de soporte para sus teorías, Schneider compuso la fábula de La oveja y el caballo, un texto artificial reconstruido en el idioma protoindoeuropeo, concebido como la protolengua.

Teoría de ondas

En lingüística histórica, la conocida como teoría de ondas (Wellentheorie), propugnada a finales del siglo XIX por Johannes Schmidt, es un modelo de cambio lingüístico en el que nuevos rasgos de una lengua se difunden desde un punto central en círculos concéntricos cada vez más débiles, similares a las ondas que se forman en el agua cuando se lanza una piedra (de ahí el nombre).

De este modo, la teoría de ondas pone el foco en cada innovación lingüística concreta: el fenómeno tiene un centro de irradiación y un área de expansión en la forma de ondas concéntricas; a la expansión de cada fenómeno o cambio lo llamamos isoglosa, y estas isoglosas se superponen entre sí. Así pues, una lengua o familia de lenguas se vincula con otra porque comparten un número determinado de isoglosas.

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Como este asunto resulta un tanto complejo, vamos a intentar clarificarlo a través de un ejemplo: en latín, coexistían dos formas diferentes para referirse al adverbio ‘más’: plus y magis.

  • La isoglosa de plus alcanza al francés (plus) y al italiano (più).
  • En cambio, la isoglosa de magis alcanza al catalán (mes), al español (más) y al portugués (mais).
  • Y, por su parte, en el rumano convergen ambas isoglosas (mai mult, plus).

La teoría de las áreas laterales

Se trata de una importante derivación de la teoría de ondas propuesta por el lingüista italiano Matteo Bartoli en la primera mitad del siglo XX.

La premisa principal de esta teoría gira en torno a la idea de que las áreas aisladas geográficamente tienden a conservar los arcaísmos. Esto quiere decir que una zona que ha quedado aislada por motivos culturales o históricos es más fácil que preserve estados antiguos de la lengua, pues, al estar aislada, no se ve influenciada por las innovaciones que afectan a la lengua originaria en el resto del territorio.

En una zona donde se habla una lengua o una familia de lenguas (por ejemplo, el latín en la cuenca mediterránea), los territorios centrales están muy expuestos a las innovaciones, por lo que los cambios se difunden más rápidamente entre ellos, pues están mejor comunicados entre sí. En cambio, la innovación no alcanza a las áreas laterales o periféricas, que no están conectadas entre sí y preservan el estadio anterior. Vamos a verlo con un ejemplo:

  • El latín tenía un diptongo au, que en las lenguas románicas tiende a evolucionar a o: aurum (lat.) > oro (es., it.) or (fr.), etc.
  • Por su parte, el diptongo solo se conserva en las áreas laterales, geográficamente más alejadas de la península itálica: ouro (gallego-portugués), aur (rumano).
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Visto esto, podemos concluir en que todos estos modelos comparten una concepción común acerca del cambio lingüístico:

  • Actúa bajo determinadas condiciones, en un contexto lingüístico concreto.
  • No tiene excepciones: las excepciones son interferencias con otras leyes.
  • Opera sin limitaciones en un contexto y durante un período determinado.
  • Presupone el mismo resultado si las condiciones de partida son las mismas.

Con todo, esta idea de una ley ciega, universal y absoluta que se cumple en un contexto ha sido bastante matizada. Desde el campo de la sociolingüística, se ha demostrado que existen numerosas excepciones a cambios que antes se consideraban universales, por lo que hay más condicionantes aparte de un contexto fonético preciso. Esto es así porque las lenguas no se comportan de manera uniforme, pues toda lengua está dialectalizada y presenta variedades. En este sentido, la sociolingüística muestra que estas variedades influyen en el cambio lingüístico:

  • Diastráticas: una misma lengua puede variar en función de la clase o el estrato social al que pertenezcan sus hablantes.
  • Diafásicas: un mismo hablante puede modificar su manera de hablar en función del propio acto de habla (un registro de la lengua más o menos elevado).
  • Diatópicas (los dialectos propiamente dichos): una misma lengua varía en función de la región en la que esta se hable, dando lugar a adstratos y sustratos de la lengua.
  • Diacrónicas: son las variedades evolutivas o históricas propiamente dichas.

Carlos Sánchez Luis

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