A lo largo de la historia de la traducción, uno de los oficios más antiguos de la humanidad, se han planteado una cantidad ingente de posibles definiciones que recojan su esencia y se han defendido otras tantas teorías, en ocasiones descriptivas y, en muchas otras, prescriptivas al respecto. Tomemos como ejemplo a Nida, quien consideraba que no es intrínsecamente necesario conocer las distintas dinámicas traductológicas ya que no se precisa saber traducir, sino poder traducir en función del conocimiento que uno tenga de otra lengua. Así. cabría cuestionarse cuán ético es el ejercicio traductor si se parte de una base cognoscitiva meramente lingüística: diferimos de la postura de Nida respecto a la universalidad de la competencia traductora entre las personas bilingües, si es que acaso quienes así se consideran lo son en sentido estricto, ya que la traducción, a pesar de lo que se tiende a pensar, no consiste exclusivamente en trasladar palabra por palabra un texto ni «pasar de una lengua A a una lengua B», como afirmaban Vinay y Dalbernet, sino que se dan varios factores, variantes y situaciones que median en la elección de distintas técnicas, estrategias y métodos a la hora de abordar un texto, por lo que es imprescindible tener ciertos conocimientos de teoría traductológica y de, entre otros, la cultura y contexto(s) que media(n) para el público meta. A este respecto, juzgamos que es preciso mencionar someramente la teoría del escopo de Vermeer y Reiss, pues defendían la importancia de la finalidad no solo del autor al escribir la obra, sino también aquella del traductor a la hora de traducirlo y esta, como veremos, es un arma de doble filo. A continuación, trataremos de esclarecer algunos puntos referentes a la ética y, por extensión, a la deontología profesional sobre los que cabalga (o debería cabalgar) el ejercicio traductor.

Manipulación del texto origen
No hace mucho, Irene Vallejo publicitaba en redes la traducción al árabe de su libro El infinito en un junco, afirmando que «un traductor es coautor», pues autores y traductores caminamos de la mano, pero ¿qué ocurre cuando el autor brinda su mano y el traductor, lejos de tomarla, le agarra el brazo y lo retuerce hasta el hartazgo?
Como hemos visto, al estar la actividad traductora supeditada a la finalidad que tenga el traductor (que puede diferir de la que tuvo en su momento el autor de la obra, cosa que no es intrínsecamente reprochable), se abre la puerta a todo un abanico de posibles traducciones para un mismo fragmento. Entre ellas habrá, sin duda, traducciones de mayor o menor calidad, pero cabe la posibilidad de que entre ellas también se auspicien, agazapadas, traducciones intrusas, producidas por quienes, reptando de manera subrepticia, esconden intenciones maliciosas para con el lector. A este respecto, juzgamos pertinente recordar que la traducción interlingüística (la que responde, por norma general, a la idea clásica de «traducción») no es la única posible: Jakobson también incluía en su categorización la intralingüística e intersemiótica, términos que a ningún estudioso de la Traducción le serán ajenos. Estos tipos de traducción también pueden ser objeto de manipulación y, aunque parezca una práctica inofensiva, puede comportar consecuencias inimaginables para sus víctimas.

Figura del traductor
Además, considerando la evolución de la percepción de la figura del traductor desde el manido traduttore, traditore, pasando por la belle infidèle hasta el día de hoy, vemos que en la actualidad se nos mide con doble vara: se someten a escrutinio popular las obras de todo traductor profesional, pero se hace la vista gorda con traducciones «rápidas» para las redes y medios de comunicación sin cuestionar su veracidad. Pero la manipulación de un texto por parte de un traductor no es algo nuevo: basta con recordar ejemplos como el empleo del doblaje como herramienta de censura de obras audiovisuales durante el franquismo, la enorme cantidad de vidas de refugiados que se ponen en peligro por malas traducciones o interpretaciones durante la tramitación de su asilo, o simplemente un error en la traducción del historial médico de un paciente que derive en la muerte de este.

Ética y deontología profesional
Para entender esta cuestión, consideramos importante tratar las diferencias esenciales entre la ética y la deontología, que, a pesar de ser términos habitualmente empleados indistintamente, no implican lo mismo.
La RAE define la ética como el «conjunto de normas morales que rigen la conducta de una persona en cualquier ámbito de la vida». Así pues, esta es una conducta que ha de emanar del propio traductor, ya que, si bien no tiene un carácter sancionador, sienta las bases para que la actividad traductora se desempeñe con éxito. Por otro lado, la deontología queda recogida en la RAE como la «parte de la ética que trata de los deberes, especialmente de los que rigen una actividad profesional». Estos deberes y obligaciones suelen estar recogidos en los Códigos Deontológicos de una profesión, generalmente ligados a sus respectivos Colegios y, en este caso, sí contemplan consecuencias con carácter sancionador. Sin embargo, cabe destacar que el caso de la Traducción en España es un tanto peculiar: al no haber un Colegio de Traductores, la defensa de esta profesión recae en las diferentes asociaciones de Traducción, como las 19 que integran la Red Vértice, entre muchas otras. Esto implica que haya una gran cantidad de Códigos Deontológicos, cada uno producido en el seno de su respectiva asociación. No obstante, si bien la ausencia de un Código de Conducta común pudiera parecer algo poco práctico y poco esclarecedor, de acuerdo con un estudio, todos ellos coinciden en algunas de las máximas que defienden: confidencialidad, imparcialidad, prohibición de la competencia desleal, rechazo de trabajos para los que no se pueda garantizar un mínimo de calidad, profesionalidad y neutralidad.
Ahora bien, la existencia de unanimidad entre las asociaciones sobre las cualidades y bondades de un buen traductor no implica que este, en definitiva, lo sea. Como afirma Mayoral Asensio, en ocasiones se asume, erradamente, que el traductor o intérprete es inherentemente honesto y está comprometido con su profesión.
Estas cualidades, sin embargo, pueden ser adquiridas con el tiempo, pues, en muchos casos, hay faltas a la ética que no parten de una simiente de maldad enraizada en el traductor, sino de la pura irreflexión sobre la actividad que desempeña: la exaltación de la hiperproductividad en detrimento de la reflexión necesaria para cualquier labor de índole intelectual o creativa daría para un ensayo aparte. En esta línea, resulta alarmante la escasa oferta formativa en materia de Traducción que cuente con asignaturas dedicadas a la ética en el ejercicio profesional (de 35 titulaciones estudiadas, tan solo 8 incluían asignaturas relativas a la ética o deontología profesional) y es que, como bien afirma Palacio Alonso, «si la educación superior descuida la formación ética como parte integrante del conocimiento profesional y de su práctica, podemos llegar a cuestionar el papel de la universidad y la calidad de su formación profesionalizante».
Teresa A. Isla Ruiz